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La historia como no te la han contado

Caracalla: el emperador romano que asesinó a su hermano y convirtió Roma en un auténtico infierno

Descubre la historia de Caracalla, el emperador romano que mató a su propio hermano, arrasó con sus enemigos y pasó a la historia como uno de los gobernantes más sanguinarios de Roma.

Si alguien te pregunta quién fue el emperador más cabrón de Roma, la mayoría responderá Calígula, Nerón o Cómodo. Y es normal, porque tienen una fama de locos que no hay quien se la quite. Pero entre todos ellos hay un personaje que muchas veces pasa desapercibido y que, sinceramente, da bastante más miedo. Ese personaje es Caracalla. Un tipo que llegó al poder convencido de que el mundo giraba a su alrededor y que cualquier persona que pudiera hacerle sombra merecía acabar con un cuchillo clavado entre las costillas. No era un loco imprevisible como Calígula ni un artista frustrado como Nerón. Era muchísimo más peligroso. Era frío, calculador y, cuando tomaba una decisión, normalmente acababa muriendo alguien. Y no precisamente un desconocido.

Caracalla nació en el año 188 con el nombre de Lucio Septimio Basiano. Su padre era Septimio Severo, uno de los emperadores más capaces que tuvo Roma, un militar brillante que consiguió estabilizar el Imperio después de una época bastante jodida. Desde pequeño recibió educación para gobernar y muy pronto quedó claro que tenía una personalidad complicada. Era impulsivo, violento y tenía un ego del tamaño del Coliseo. Aun así, su padre pensó que la mejor forma de asegurar el futuro era que gobernaran juntos sus dos hijos: Caracalla y Geta. Sobre el papel sonaba estupendamente. En la práctica era una idea de mierda.

Cuando Septimio Severo murió en Britania, les dejó una frase que pasó a la historia: «Manteneos unidos, haced ricos a los soldados y despreciad al resto». Lo de enriquecer al ejército sí lo cumplieron. Lo de mantenerse unidos duró un suspiro. Los dos hermanos se odiaban desde hacía años. Compartían palacio, pero intentaban no cruzarse. Tenían funcionarios distintos, guardias distintos e incluso querían dividir físicamente el palacio imperial para no verse las caras. Aquello era una bomba de relojería.

La explosión llegó muy pronto. Caracalla organizó una supuesta reunión de reconciliación en presencia de su madre, Julia Domna. Parecía que por fin iban a intentar arreglar las cosas. Pues una mierda. En mitad del encuentro aparecieron varios soldados leales a Caracalla y asesinaron a Geta delante de su propia madre. Sí, delante de ella. La sangre de Geta terminó sobre la ropa de Julia Domna mientras intentaba proteger a su hijo. Hay formas de resolver un conflicto familiar y luego está esta absoluta barbaridad.

Pero Caracalla no se conformó con matar a su hermano. Ordenó una damnatio memoriae, una condena oficial al olvido. Se destruyeron estatuas, monedas, retratos, documentos y cualquier inscripción donde apareciera Geta. Su nombre desapareció de edificios públicos y monumentos como si jamás hubiera existido. Era el equivalente romano a borrar absolutamente todas las fotos de alguien, eliminar sus redes sociales, destruir su documentación y convencer al resto del mundo de que nunca nació. Un nivel de obsesión enfermizo.

Después llegó el turno de cualquiera que hubiera mostrado simpatía por Geta. Miles de personas fueron ejecutadas. Senadores, funcionarios, militares e incluso ciudadanos corrientes. Bastaba con que alguien sospechara que habías apoyado al hermano equivocado para acabar muerto. Las cifras que ofrecen las fuentes antiguas probablemente estén exageradas, pero incluso rebajándolas sigue siendo una auténtica carnicería. Roma vivía con miedo porque nadie sabía quién sería el siguiente.

Curiosamente, una de las decisiones más importantes de su reinado fue bastante inteligente, aunque también tremendamente interesada. En el año 212 promulgó la Constitutio Antoniniana, una ley que concedía la ciudadanía romana a prácticamente todos los hombres libres del Imperio. Muchos lo presentan como un gesto de igualdad y de integración. Queda muy bonito decirlo, pero la realidad seguramente fue mucho más terrenal. Al convertir a millones de personas en ciudadanos, también ampliaba la base de contribuyentes. Traducido al castellano: más ciudadanos significaban más impuestos entrando en las arcas imperiales. Era una jugada brillante para recaudar dinero y seguir pagando al ejército, que era el verdadero pilar de su poder.

Porque si algo tenía claro Caracalla era quién lo mantenía sentado en el trono. No era el Senado, al que despreciaba bastante. Eran los soldados. Les aumentó el sueldo de forma espectacular, repartió recompensas constantemente y buscó ganarse su lealtad a cualquier precio. El problema es que tanta generosidad costaba una auténtica fortuna y el Estado necesitaba dinero continuamente. De ahí muchas de sus decisiones económicas.

Otra de sus grandes obsesiones era Alejandro Magno. No era simple admiración. Era una fijación casi enfermiza. Intentaba vestir como él, imitaba sus gestos, estudiaba sus campañas y soñaba con conquistar Oriente para convertirse en el nuevo Alejandro. Incluso organizó ceremonias en su honor y trató de presentarse ante el ejército como una reencarnación del conquistador macedonio. El problema era que parecerse a Alejandro no consiste en ponerse una capa parecida. Hace falta un poquito más de talento.

Mientras preparaba una campaña contra el Imperio Parto, Caracalla siguió acumulando enemigos. Tantos, que al final ni siquiera hizo falta un gran complot. En el año 217, durante un viaje por Mesopotamia, se bajó del caballo para hacer una necesidad fisiológica al borde del camino. Sí, algo tan humano como mear. En ese momento uno de sus propios escoltas, Julio Marcial, se acercó y le clavó un puñal. Así terminó la vida del hombre que había sembrado el miedo durante seis años. Ni una gran batalla, ni un duelo épico, ni una conspiración digna de película. Un simple apuñalamiento mientras estaba desprevenido.

Y quizá ahí esté la mayor ironía de toda su historia. Caracalla pasó media vida convencido de que podía controlar el mundo mediante el terror. Eliminó a su hermano, aterrorizó al Senado, compró al ejército y soñó con convertirse en un nuevo Alejandro Magno. Pero al final descubrió lo mismo que tantos otros tiranos antes y después que él: cuando conviertes la violencia en tu forma de gobernar, siempre aparece alguien dispuesto a devolvértela. Y normalmente llega cuando menos te lo esperas. Porque puedes borrar estatuas, nombres y recuerdos… pero es bastante más complicado borrar el odio que dejas sembrado por el camino.