Si la familia de Gengis Kan hubiera celebrado cenas de Navidad, las conversaciones debían de ser bastante difíciles.
—¿Y tú qué has hecho este año?
—Pues he conquistado Persia, destruido Bagdad y fundado una dinastía.
—Muy bien, Hulagu. Pásame el cordero.
Hulagu Kan nació alrededor de 1217 y pertenecía a una de las familias más poderosas y peligrosas del planeta. Era nieto de Gengis Kan, hijo de Tolui y hermano de personajes tan importantes como Möngke Kan y Kublai Kan.
Vamos, que aquello no era un árbol genealógico. Era la alineación titular de los conquistadores del siglo XIII.
Cuando Möngke se convirtió en Gran Kan en 1251 decidió continuar la expansión mongola. El Imperio ya ocupaba una extensión gigantesca, pero todavía quedaban territorios y poderes que no reconocían la autoridad mongola. Para ocuparse de Oriente Medio eligió a Hulagu.
Y Hulagu no viajó precisamente con una libreta para recoger firmas.
Reunió un enorme ejército compuesto por tropas mongolas y contingentes procedentes de diferentes pueblos sometidos o aliados. Pero además llevaba algo que iba a resultar fundamental: ingenieros especializados en asedios.
Porque los mongoles habían aprendido una lección importantísima durante décadas de conquistas: si tú no sabes hacer algo, busca a alguien que sí sepa hacerlo.
Y después llévatelo contigo a conquistar medio continente.
Uno de los primeros grandes objetivos de Hulagu fueron los nizaríes, conocidos popularmente en Occidente como los Asesinos. Durante décadas habían conseguido mantener una red de fortalezas en las zonas montañosas de Persia y sobrevivir rodeados de poderes muchísimo mayores.
Su fortaleza más famosa era Alamut, uno de esos lugares construidos aparentemente bajo el principio arquitectónico de «a ver quién tiene cojones de venir hasta aquí».
Entonces llegaron los mongoles.
En 1256, después de la campaña de Hulagu y la rendición del líder nizarí, Alamut cayó. Una organización que llevaba décadas siendo una importante fuerza política en la región quedaba prácticamente desmantelada.
Pero aquello solo era el calentamiento.
El siguiente objetivo era muchísimo más importante.
Bagdad.
En el siglo XIII, Bagdad seguía siendo una de las ciudades más simbólicas del mundo islámico. Durante siglos había sido un gigantesco centro político, económico, intelectual y cultural, y continuaba siendo la sede del califa abasí al-Musta’sim.
Hulagu exigió al califa que aceptara la autoridad mongola.
El califa se negó.
Y aquella terminó siendo una de las decisiones más caras del siglo XIII.
A comienzos de 1258 el ejército mongol llegó a Bagdad. Las fuerzas abasíes intentaron detenerlo, pero fueron derrotadas y la ciudad quedó rodeada.
Entonces empezaron a trabajar los ingenieros.
Máquinas de asedio, proyectiles, ataques contra las fortificaciones y una presión constante sobre las defensas de la ciudad.
Bagdad no pudo aguantar.
El 10 de febrero de 1258 terminó rindiéndose.
Y después llegó el desastre.
La ciudad sufrió un saqueo devastador y murió una enorme cantidad de habitantes. Las fuentes medievales ofrecen cifras tremendamente diferentes y muchas fueron probablemente exageradas, así que cualquier número exacto debe tomarse con bastante cuidado.
Lo que no admite demasiada discusión es la magnitud de la catástrofe.
El califa al-Musta’sim fue ejecutado y el Califato abasí dejó de existir como poder político con sede en Bagdad.
Para hacerse una idea de lo que significó aquello habría que imaginar la desaparición repentina de una de las ciudades más simbólicas de toda una civilización.
Y Hulagu todavía no había terminado.
Sus ejércitos continuaron avanzando hacia Siria. Alepo cayó en 1260 y Damasco terminó sometiéndose poco después.
El siguiente gran objetivo parecía evidente.
Egipto.
Todo indicaba que los mongoles continuarían avanzando hacia el territorio de los mamelucos, pero entonces ocurrió algo a miles de kilómetros que cambió completamente la situación.
Möngke Kan murió en 1259.
Y cuando moría un Gran Kan comenzaba dentro de la familia mongola ese entrañable momento conocido como:
«A ver quién coño manda ahora».
Las luchas sucesorias obligaban a los grandes príncipes mongoles a mirar hacia el interior del imperio. Hulagu retiró buena parte de sus fuerzas hacia Persia y dejó en Siria un contingente dirigido por uno de sus principales generales, Kitbuqa.
Los mamelucos de Egipto vieron la oportunidad.
En septiembre de 1260 ambos ejércitos se enfrentaron en Ain Jalut, en Palestina.
Y esta vez los mongoles perdieron.
Kitbuqa fue capturado y ejecutado, y la victoria mameluca frenó la expansión mongola hacia Egipto.
Aquello no significaba, ni mucho menos, que Hulagu hubiera dejado de ser uno de los hombres más poderosos de Oriente Medio.
Porque mientras conquistaba territorios también estaba construyendo algo mucho más duradero.
El Ilkanato.
Este estado mongol llegó a controlar Persia, Mesopotamia y amplias zonas del Cáucaso y Oriente Medio. Sus descendientes gobernarían aquellas regiones durante generaciones y desarrollarían una estructura política cada vez más vinculada al mundo persa.
Hulagu ya no era solamente un general enviado por su hermano.
Había fundado su propia dinastía.
Pero entonces apareció un problema que probablemente Gengis Kan no había incluido en el manual de instrucciones del imperio.
Sus propios familiares.
Hulagu terminó enfrentándose militarmente con Berke Kan, gobernante de la Horda de Oro y también descendiente de Gengis Kan. Las tensiones territoriales, económicas y políticas entre ambos terminaron desembocando en una guerra abierta.
Sí.
Los descendientes de Gengis habían conquistado tanto territorio que finalmente empezaron a darse hostias entre ellos.
Muy familiar todo.
Aquellas guerras internas eran además una señal de algo mucho más importante. El gigantesco Imperio Mongol empezaba a convertirse en diferentes estados gobernados por distintas ramas de la familia, cada una con sus propios intereses, territorios y ambiciones.
Hulagu murió en 1265 dejando el Ilkanato en manos de sus sucesores.
Su legado sigue siendo tremendamente controvertido.
Para la historia mongola fue uno de los grandes responsables de extender y consolidar el dominio de los descendientes de Gengis Kan sobre Persia y Oriente Medio. Creó una estructura política que sobrevivió durante generaciones y transformó profundamente la región.
Para Bagdad, en cambio, su nombre quedó asociado para siempre a una de las mayores catástrofes de su historia.
Y quizá esa sea precisamente una de las mejores formas de entender el Imperio Mongol.
Una civilización capaz de conectar territorios desde Asia Oriental hasta Europa, favorecer enormes redes comerciales, facilitar la circulación de personas, conocimientos y tecnologías y construir gigantescas estructuras políticas.
Pero también un imperio capaz de ejercer una violencia devastadora cuando alguien decidía resistirse.
Hulagu Kan representa perfectamente esa contradicción.
Nieto de Gengis Kan, conquistador de Persia, destructor del poder abasí en Bagdad y fundador del Ilkanato.
Un hombre que ayudó a cambiar para siempre el mapa de Oriente Medio.
Y que, después de conquistar fortalezas, derribar califatos y construir un nuevo Estado, acabó descubriendo una verdad universal que ni siquiera los mongoles pudieron conquistar:
Cuando hay una herencia gigantesca de por medio, siempre acaba apareciendo un primo dispuesto a tocar los cojones.
