Hay piratas que pasaron a la historia por encontrar grandes tesoros, otros por comandar barcos enormes y algunos por construir una imagen tan espectacular que, tres siglos después, siguen apareciendo en películas, videojuegos y camisetas. François l’Olonnais consiguió algo bastante diferente: que incluso dentro del brutal mundo de los bucaneros del siglo XVII hubiera gente que pensara: «Este cabrón está bastante mal de la cabeza».
Su verdadero nombre habría sido Jean-David Nau y nació alrededor de 1630 en Les Sables-d’Olonne, una localidad de la costa atlántica francesa. Precisamente de allí procede el nombre por el que acabaría siendo conocido: l’Olonnais. Llegó joven al Caribe, aunque no lo hizo como un gran capitán pirata, ni acompañado de una tripulación, ni mucho menos al mando de un barco. Llegó como trabajador contratado y durante varios años estuvo obligado a trabajar a cambio del viaje y de su mantenimiento, una situación bastante habitual en las colonias americanas del siglo XVII.
Cuando terminó aquel periodo de servicio, podría haber intentado montar una tienda, buscar tierras, convertirse en comerciante o dedicarse a prácticamente cualquier otra cosa. Pero no. Nuestro protagonista decidió que lo suyo era hacerse bucanero.
Los bucaneros habían comenzado principalmente como cazadores en La Española, donde capturaban ganado salvaje y preparaban la carne mediante un sistema de ahumado conocido como boucan. De ahí procede precisamente el término. Sin embargo, las tensiones con las autoridades españolas acabaron empujando a muchos de aquellos hombres hacia una actividad bastante más rentable que vender carne ahumada: atacar barcos y quedarse con todo lo que llevaran dentro.
L’Olonnais terminó estableciéndose en Tortuga, una isla que durante aquellos años se había convertido en uno de los principales refugios de bucaneros del Caribe. Desde allí podían organizar expediciones y lanzarse contra las rutas comerciales españolas. Y nuestro amigo demostró bastante pronto que aquello de abordar barcos, saquear cargamentos y complicarle la existencia a los españoles se le daba especialmente bien.
Hasta que una de sus expediciones estuvo a punto de terminar con su carrera. Y con su vida.
Su barco naufragó cerca de Campeche y los españoles atacaron a los supervivientes. Buena parte de sus hombres murieron durante el enfrentamiento y l’Olonnais, viendo que aquello tenía muy mala pinta, recurrió a una solución tan desesperada como desagradable: se cubrió de sangre, se tumbó entre los cadáveres y fingió estar muerto. Los españoles registraron la zona, dieron por hecho que no quedaba nadie con vida y terminaron marchándose. Entonces el francés se levantó, consiguió escapar y, después de muchas dificultades, regresó a Tortuga.
Cualquier persona razonable habría interpretado aquella experiencia como una señal bastante clara. Quizá el universo estaba intentando decirle que dejara de piratear, que buscara un trabajo tranquilo y que procurara no volver a terminar tumbado entre cadáveres. Pero l’Olonnais sacó una conclusión completamente diferente: había que seguir con el negocio. Y, además, estaba bastante cabreado.
Durante los años siguientes construyó una reputación aterradora, especialmente entre los españoles, hasta el punto de ser conocido como el Azote de los Españoles. Buena parte de las historias más brutales que conocemos sobre él proceden de Alexandre Exquemelin, uno de los cronistas fundamentales para comprender el mundo de los bucaneros del siglo XVII. Y conviene advertir que, si hacemos caso a todo lo que cuenta, este hombre no era precisamente alguien con quien apeteciera encontrarse en un callejón oscuro.
Según Exquemelin, l’Olonnais recurría habitualmente a la tortura para conseguir información y no tenía demasiados problemas en ejecutar prisioneros cuando consideraba que ya no le resultaban útiles. Entre todos aquellos episodios hay uno que destaca por encima de los demás. Durante una expedición, mientras interrogaba a varios españoles para averiguar dónde se encontraban sus enemigos, perdió la paciencia al no conseguir las respuestas que buscaba. Según el cronista, abrió el pecho de uno de los prisioneros, le arrancó el corazón, le dio un mordisco y amenazó al resto con hacer exactamente lo mismo si no empezaban a hablar.
Una escena absolutamente salvaje. Ahora bien, ¿ocurrió exactamente así? No podemos asegurarlo. Los relatos de piratas mezclaban testimonios reales, propaganda, exageraciones y episodios diseñados para dejar al lector con la boca abierta. Pero hay algo bastante significativo: que una historia semejante pudiera circular sobre l’Olonnais y resultar creíble para sus contemporáneos ya nos dice mucho sobre la reputación que había conseguido.
Su gran golpe llegó en 1667, cuando reunió una fuerza de aproximadamente 600 bucaneros repartidos en ocho embarcaciones. El objetivo era Maracaibo, una ciudad situada junto al lago del mismo nombre, en la actual Venezuela. La operación prometía un botín considerable, pero antes había que resolver un pequeño inconveniente: las fortificaciones españolas que protegían la entrada al lago.
Los cañones estaban preparados principalmente para disparar contra cualquier barco que intentara atravesar aquel paso, así que los bucaneros decidieron evitar el problema atacando las defensas desde tierra. La maniobra funcionó, las fortificaciones cayeron y el camino hacia Maracaibo quedó abierto. Todo parecía ir estupendamente, al menos desde el punto de vista de unos cuantos centenares de tipos que habían cruzado el Caribe con la intención de llevarse lo que no era suyo.
Sin embargo, cuando llegaron a la ciudad descubrieron que buena parte de sus habitantes había huido, llevándose dinero, joyas y cuantos objetos de valor habían podido transportar. Y aquello no hizo especialmente feliz a l’Olonnais. Sus hombres comenzaron a buscar a los vecinos escondidos por los alrededores, capturaron prisioneros y recurrieron a interrogatorios, torturas y exigencias de rescate para intentar recuperar las riquezas que no habían encontrado en las casas.
La expedición continuó después hacia Gibraltar, otra población situada en la zona del lago, donde los bucaneros encontraron una resistencia mucho más seria. Hubo un enfrentamiento duro, sufrieron bajas y tuvieron que emplearse a fondo antes de conseguir imponerse. Una vez dentro, comenzó nuevamente el saqueo. Dinero, mercancías, propiedades, prisioneros y rescates: prácticamente cualquier cosa que pudiera convertirse en beneficio terminaba formando parte del botín.
Y por si todo aquello no hubiera sido suficiente, cuando terminaron en Gibraltar, l’Olonnais regresó a Maracaibo y todavía exigió más dinero antes de permitir que sus hombres abandonaran definitivamente la región. El resultado fue una expedición extraordinariamente lucrativa que consolidó su fama y convirtió a sus participantes en hombres considerablemente más ricos de lo que habían sido unos meses antes.
Aunque aquí aparece una de las grandes tradiciones de la historia de la piratería: conseguir una fortuna después de jugarse la vida durante meses y gastársela a una velocidad absolutamente espectacular.
Alcohol, juego, fiestas y prostitución formaban parte de la vida en muchos de aquellos refugios de bucaneros. No era extraño que hombres que acababan de recibir una cantidad considerable de dinero terminaran prácticamente arruinados después de unas pocas semanas de celebraciones. Y claro, cuando se acababa el dinero, había que volver a buscarlo. En el caso de l’Olonnais, eso significaba organizar otra expedición y encontrar algún nuevo territorio español al que hacerle una visita poco amistosa.
Esta vez decidió dirigirse hacia Honduras y Centroamérica. Sobre el papel, la idea parecía bastante razonable: repetir el éxito anterior, conseguir otro botín importante y regresar convertido en un hombre todavía más temido y respetado. El problema es que las cosas no siempre salen como uno espera, especialmente cuando tu plan de negocio consiste básicamente en presentarte armado en territorio ajeno y exigir que te entreguen todas sus riquezas.
La expedición empezó a torcerse casi desde el principio. Encontraron menos botín del esperado, tuvieron problemas de navegación y descubrieron que algunos asentamientos estaban mejor preparados para defenderse. Los hombres comenzaron a cansarse, la moral fue empeorando y uno de los barcos terminó encallando. Parte de la tripulación acabó abandonando a su capitán y, poco a poco, aquel hombre que había aterrorizado Maracaibo se encontró con menos compañeros, menos recursos y cada vez menos posibilidades de salir bien parado.
Finalmente llegó hasta la región del Darién, entre las actuales Panamá y Colombia. Y allí aparece uno de los episodios más famosos, macabros y discutidos de toda la historia de la piratería.
Según Alexandre Exquemelin, l’Olonnais fue capturado por indígenas de la zona, que acabaron matándolo, despedazando su cuerpo, quemando algunas partes y, supuestamente, comiéndoselas. Un final tan brutal que parece escrito expresamente para cerrar la historia de uno de los piratas más despiadados de su tiempo.
Pero, como sucede con otros muchos episodios de su vida, resulta imposible determinar cuánto hay de realidad y cuánto de exageración en aquel relato. Lo que sí sabemos es que l’Olonnais desapareció durante aquella expedición, alrededor de 1668. Nunca regresó a Tortuga y su carrera como bucanero terminó de una manera tan repentina como violenta había sido su trayectoria.
François l’Olonnais no fue el pirata más poderoso de la historia, ni el más rico, ni consiguió construir un imperio. Tampoco terminó convertido en gobernador, como Henry Morgan, ni dejó tras de sí una leyenda romántica de aventuras y tesoros escondidos. Su legado fue bastante más desagradable: convertirse en uno de los grandes símbolos de la crueldad asociada a la piratería del Caribe.
Y eso tiene su mérito, aunque sea un mérito bastante cuestionable. Porque estamos hablando de una época en la que aquellas aguas estaban llenas de corsarios, bucaneros, soldados, aventureros y auténticos hijos de puta capaces de cometer barbaridades por un puñado de monedas. Un mundo en el que la violencia formaba parte del negocio y donde precisamente no abundaban los escrúpulos.
Y aun rodeado de toda aquella gente, François l’Olonnais consiguió destacar por encima de muchos de sus contemporáneos.
Ser recordado como uno de los hombres más brutales de una época que ya era brutal de cojones probablemente explica todo lo que necesitamos saber sobre él.
