Hay entrevistas de trabajo complicadas. Y luego está la de Jebe. Porque este hombre, antes de convertirse en uno de los grandes generales de Gengis Kan, empezó su relación profesional con el jefe de una manera bastante poco recomendable: disparando contra él durante una batalla. No enviándole el currículum, no agregándolo en LinkedIn, no diciendo que era una persona dinámica con capacidad para trabajar en equipo. No. Pegándole un puto flechazo —o, según la versión de la historia, alcanzando a su caballo— y teniendo después los santos cojones de reconocerlo. Lo verdaderamente increíble es que aquella confesión no acabó con su cabeza clavada en algún sitio, sino con una oferta de trabajo que terminaría llevando a Jebe a recorrer miles de kilómetros conquistando territorios para el hombre contra el que había luchado.
Antes de ser conocido como Jebe, aparece en las fuentes con un nombre transcrito de diferentes maneras, habitualmente Jirqo’adai. Pertenecía al mundo tribal mongol contra el que Temüjin tuvo que combatir durante su ascenso. En una de aquellas luchas ocurrió el episodio que lo haría famoso. La tradición recogida en La Historia secreta de los mongoles cuenta que durante el enfrentamiento el caballo de Temüjin fue alcanzado por una flecha. Después de la victoria, Temüjin quiso saber quién había realizado el disparo. Jirqo’adai reconoció abiertamente haber sido él y se puso, básicamente, a disposición del vencedor. No parece precisamente la estrategia de supervivencia más recomendable cuando tienes delante a un señor que está en proceso de cargarse a todos sus rivales, pero funcionó.
Temüjin valoraba muchísimo la lealtad, pero también tenía una característica fundamental para entender cómo consiguió construir semejante máquina militar: sabía detectar talento. El origen familiar importaba menos que la utilidad demostrada. Un enemigo competente podía resultar bastante más valioso vivo y luchando para él que muerto decorando la estepa. La franqueza y habilidad de aquel guerrero impresionaron a Temüjin, que lo incorporó a sus seguidores. El hombre acabaría siendo conocido como Jebe, término relacionado con “flecha” o “punta de flecha”. Es decir, Gengis Kan no solo contrató al cabrón que había disparado contra él, sino que además prácticamente convirtió el incidente en su nombre profesional. Recursos humanos versión Mongolia, siglo XIII.
La apuesta salió extraordinariamente bien. Jebe fue ascendiendo hasta convertirse en uno de los comandantes más importantes del ejército mongol. Y eso tiene bastante mérito porque hablamos de una organización donde competía con animales militares del calibre de Subotai. Los ejércitos de Gengis Kan no eran simplemente una gigantesca estampida de tipos cabreados montados a caballo. Tenían disciplina, comunicaciones, reconocimiento del terreno, inteligencia, capacidad para dividir sus fuerzas y una movilidad que hacía parecer lentísimos a muchos de sus enemigos. Jebe encajaba perfectamente en aquella forma de combatir: rápido, agresivo cuando era necesario y suficientemente flexible como para entender que una guerra no siempre se gana matando más gente que el contrario.
Participó en las campañas contra la dinastía Jin en China, donde los mongoles tuvieron que adaptarse a un tipo de guerra bastante diferente al de las estepas. Allí no bastaba con cabalgar alrededor del enemigo y llenarlo de flechas. Había ciudades fortificadas, enormes ejércitos y sistemas defensivos complejos. Los mongoles aprendieron, incorporaron especialistas y utilizaron conocimientos de los pueblos conquistados. Jebe fue acumulando experiencia dentro de esa máquina militar que estaba dejando de ser una confederación de guerreros nómadas para convertirse en una fuerza capaz de operar a una escala gigantesca.
Pero una de sus campañas más interesantes llegó en Asia Central. Allí gobernaba Kuchlug, un antiguo enemigo de los mongoles que había terminado controlando el estado de los Kara-Kitai. Gengis Kan envió a Jebe contra él en 1218. Y aquí aparece una característica que desmonta bastante la imagen del mongol que únicamente sabe solucionar las cosas quemando ciudades. Jebe supo aprovechar el descontento existente contra Kuchlug y favoreció una política de tolerancia religiosa que ayudó a presentar a los mongoles como una alternativa preferible para parte de la población. Kuchlug perdió apoyos, huyó y Jebe lo persiguió hasta que finalmente fue capturado y ejecutado. Problema solucionado. Puedes imaginar a Gengis poniendo una puta marca verde al lado de su nombre.
Y entonces llegó el Imperio corasmio, donde las carreras profesionales de Jebe y Subotai iban a cruzarse en una de las expediciones militares más extraordinarias de la Edad Media. Cuando el sah Muhammad II huyó ante el avance mongol, Gengis Kan envió a Jebe y Subotai en su persecución. Ya de entrada eso debería decirnos bastante sobre la confianza que tenía depositada en ambos. Les estaba encargando perseguir al gobernante enemigo a través de un territorio inmenso, operando a enorme distancia del grueso principal del ejército. Para Jebe y Subotai aquello terminó convirtiéndose en algo bastante más grande que una simple persecución.
El sah murió sin que consiguieran capturarlo, pero los dos generales continuaron su marcha. Recorrieron Persia, avanzaron hacia el Cáucaso y combatieron contra diferentes fuerzas de la región. Georgianos, alanos, cumanos y otros pueblos fueron encontrándose con aquellos jinetes que parecían haber aparecido de la puta nada. Una de las fortalezas mongolas era precisamente esa movilidad. Sus enemigos estaban acostumbrados a campañas condicionadas por enormes columnas logísticas. Los mongoles podían moverse de otra manera, utilizando varios caballos por guerrero y viviendo en gran medida de los recursos disponibles durante la marcha. Eso permitía a comandantes como Jebe realizar movimientos que sobre un mapa parecen directamente una barbaridad.
Después cruzaron hacia las estepas situadas al norte del mar Negro. Los cumanos buscaron ayuda entre los príncipes de la Rus, y en 1223 se formó una coalición para enfrentarse a los mongoles. Y aquí Jebe y Subotai recurrieron a uno de los grandes clásicos del catálogo mongol: hacer creer al enemigo que estás huyendo cuando en realidad estás preparando la hostia de su vida. Los mongoles se retiraron durante varios días. Sus perseguidores avanzaron tras ellos, separándose progresivamente y perdiendo cohesión. Exactamente lo que los mongoles querían.
Cuando consideraron que el enemigo estaba suficientemente desorganizado, se dieron la vuelta. El resultado fue la batalla del río Kalka, una victoria devastadora para Jebe y Subotai. Varias fuerzas de la Rus fueron derrotadas y la batalla pasó a convertirse en uno de los primeros encuentros realmente importantes entre los mongoles y los principados rusos. Y conviene entender algo: aquello no era todavía la gran invasión mongola de la Rus que llegaría años después bajo Batu Kan y Subotai. Esta expedición había llevado a Jebe y su compañero hasta aquellos territorios como consecuencia de una operación que había comenzado muchísimo más al este. Básicamente habían atravesado una porción obscena del mapa, derrotado a una colección de enemigos y obtenido información valiosísima sobre regiones que los mongoles volverían a visitar más adelante. Y cuando los mongoles decían que volverían, convenía empezar a hacer las maletas.
El final de Jebe es bastante menos claro que sus campañas. Las fuentes no permiten establecer con absoluta seguridad las circunstancias exactas de su muerte. Generalmente se sitúa poco después de la campaña occidental y existen distintas tradiciones sobre cómo pudo producirse. Lo importante es no convertir una versión legendaria en un hecho demostrado simplemente porque quede más bonita. Sabemos que Jebe desaparece del escenario histórico antes de las posteriores grandes campañas europeas en las que Subotai volvería a demostrar por qué era uno de los mejores comandantes de su tiempo.
Pero el legado de Jebe ya estaba construido. Había pasado de combatir contra Temüjin a convertirse en uno de los hombres a los que Gengis Kan confiaba operaciones a miles de kilómetros de distancia. Había luchado en China, atravesado Asia Central, perseguido gobernantes, cruzado Persia y el Cáucaso y llegado hasta las tierras de la Rus. Todo ello dentro de una carrera militar que demuestra una de las grandes fortalezas de Gengis Kan: su capacidad para transformar antiguos enemigos en piezas fundamentales de su imperio.
Y quizá esa sea la parte más fascinante de toda la historia. Temüjin podía haber ejecutado a aquel arquero después de su victoria. Habría sido completamente normal para la época y probablemente nadie habría recordado jamás su nombre. En lugar de eso vio a un hombre que había tenido la habilidad de realizar aquel disparo y los cojones de reconocerlo después. Decidió aprovecharlo.
Años más tarde, aquel antiguo enemigo estaba atravesando continentes en su nombre.
Así que ya sabes: si alguna vez tienes una entrevista de trabajo complicada, recuerda a Jebe.
Probablemente podría haber ido bastante peor.
Por ejemplo… podrías haber disparado previamente contra el puto jefe.
