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Kublai Kan: el nieto de Gengis Kan que conquistó China y fundó la dinastía Yuan

Descubre la historia de Kublai Kan, nieto de Gengis Kan, conquistador de China, fundador de la dinastía Yuan, emperador relacionado con Marco Polo y protagonista de las fallidas invasiones mongolas de Japón.

Ser nieto de Gengis Kan tenía que ser una auténtica putada. Imagina llegar a cualquier reunión familiar y que el abuelo sea el tipo que ha unido a las tribus mongolas y ha puesto en marcha una máquina militar que está conquistando medio planeta. Da igual lo que hagas con tu vida. Siempre habrá alguien diciendo: “Sí, muy bien, Kublai, pero tu abuelo conquistó Asia a caballo”. La diferencia es que Kublai Kan no se quedó precisamente viviendo de las rentas familiares. Terminó conquistando toda China, fundando una nueva dinastía y convirtiéndose en uno de los gobernantes más poderosos del siglo XIII.

Kublai nació en 1215 y era hijo de Tolui, uno de los hijos de Gengis Kan. Pertenecía, por tanto, al corazón de la familia imperial mongola. Pero cuando llegó su momento, el Imperio Mongol ya no era aquella banda gigantesca de jinetes unidos bajo un único conquistador. La familia de Gengis se había repartido territorios inmensos y las peleas internas por decidir quién mandaba empezaban a convertirse en una tradición familiar bastante jodida.

En 1260 Kublai fue proclamado Gran Kan, aunque su hermano Ariq Böke también reclamó el título. Como buena familia medieval con un imperio gigantesco que repartirse, aquello terminó solucionándose de la manera habitual: una guerra civil. Kublai acabó imponiéndose, pero la unidad absoluta del viejo Imperio Mongol era cada vez más difícil de mantener. Su poder empezó a concentrarse especialmente en China, y ahí fue donde Kublai decidió construir algo diferente.

Los mongoles llevaban décadas avanzando sobre territorio chino, pero quedaba un enemigo formidable: la dinastía Song del Sur. La conquista fue larga y complicada. Finalmente, en 1279, la resistencia Song quedó derrotada y Kublai consiguió algo extraordinario: gobernar toda China. Ocho años antes ya había proclamado la dinastía Yuan. El nieto de un jefe de las estepas se había convertido oficialmente en emperador chino. La familia había evolucionado bastante desde aquello de dormir en tiendas y disparar flechas desde un caballo.

Kublai entendió que China no podía gobernarse únicamente a hostias. Adoptó instituciones y prácticas administrativas chinas, mantuvo funcionarios, favoreció el comercio y convirtió Dadu, la actual Pekín, en el centro de su poder. Al mismo tiempo, no dejó de ser un gobernante mongol. Su corte era una mezcla gigantesca de pueblos, religiones y culturas. Mongoles, chinos, persas, musulmanes, tibetanos y extranjeros convivían dentro de un imperio conectado con buena parte de Eurasia.

Y precisamente ahí aparece uno de los nombres más famosos relacionados con Kublai Kan: Marco Polo. Según el relato tradicional, el joven mercader veneciano llegó a la corte del emperador durante la década de 1270 y pasó años dentro de sus dominios. El libro atribuido a sus viajes describió para los europeos un mundo que debía parecer directamente ciencia ficción: ciudades enormes, riqueza, grandes rutas comerciales, sistemas administrativos y el uso generalizado del papel moneda.

La relación exacta entre Marco Polo y Kublai ha provocado debates históricos durante mucho tiempo, pero lo verdaderamente importante es el impacto del relato. Para generaciones de europeos, Kublai Kan se convirtió en la imagen de un emperador oriental inmensamente rico que gobernaba territorios casi inimaginables. Mientras en Europa todavía quedaba la imagen de los mongoles como jinetes salvajes llegados desde el fin del mundo, Marco Polo hablaba de una corte sofisticada situada en el centro de una gigantesca red comercial.

Pero Kublai también tenía esa enfermedad tan habitual entre los emperadores poderosos: mirar un mapa y pensar que todavía faltaban sitios por conquistar. Uno de ellos era Japón. Los mongoles intentaron invadir las islas en 1274. La operación fracasó, pero Kublai decidió volver a intentarlo en 1281 con una fuerza muchísimo mayor. Sobre el papel aquello podía acabar muy mal para los japoneses.

Entonces intervino la naturaleza.

Un poderoso tifón golpeó la flota invasora y contribuyó al desastre de la expedición. Con el tiempo, aquellas tormentas fueron asociadas en Japón con el término “kamikaze”, el “viento divino” que habría protegido las islas frente a la invasión. Kublai podía controlar China, disponer de ejércitos gigantescos y movilizar recursos impresionantes, pero todavía no existía ningún decreto imperial capaz de ordenar a un tifón que se fuera a tomar por culo.

Y Japón no fue el único lugar donde sus ambiciones militares encontraron problemas. Las campañas hacia el sudeste asiático demostraron que la maquinaria mongola no funcionaba igual de bien en todos los terrenos. Selvas, calor, enfermedades, distancias enormes y problemas logísticos convertían aquellas expediciones en algo muy diferente a cabalgar por las estepas de Asia Central.

Kublai murió en 1294. Había conseguido algo que su propio abuelo no llegó a completar: conquistar toda China y fundar una dinastía que gobernaría el país durante décadas. Pero también dejó un imperio con enormes gastos militares y tensiones internas que sus sucesores tendrían que afrontar.

Su historia demuestra algo bastante curioso sobre el Imperio Mongol. Gengis Kan había construido una gigantesca máquina de conquista. Kublai tuvo que enfrentarse al problema que viene después y que suele ser bastante más complicado: qué coño haces con todo eso cuando ya lo has conquistado.

Porque ganar una guerra puede convertirte en conquistador.

Conseguir gobernar después a millones de personas… eso ya es otra historia.