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  • Lagertha y las vikingas: cuando el norte no era solo cosa de tíos

    Hay una imagen que se repite mucho cuando se habla de vikingos: tipos enormes, barbudos, oliendo a cabra y reventando cráneos con hachas. Y luego, en una esquina, como si fueran figurantes… las mujeres. Error. Craso error.

    Porque si hay algo que desmonta esa visión simplista es el caso de Lagertha. Y no, no es solo una fantasía de serie ni una historia inflada para vender camisetas. La cosa tiene más miga de lo que parece.

    Las crónicas de Saxo Grammaticus ya hablaban de mujeres que no estaban precisamente tejiendo en casa mientras los hombres se iban a guerrear. Hablaban de mujeres que cogían armas, que lideraban, que decidían no ser espectadoras de su propia vida. Y entre todas ellas, aparece Lagertha, como una especie de bofetada histórica en toda la cara del que piensa que aquello era un club exclusivo de machotes.

    Ahora bien, ¿todas las mujeres vikingas eran guerreras? Pues no. Tampoco nos flipemos. La mayoría llevaba una vida más doméstica, sí, pero ojo, porque “doméstico” en aquella época no era precisamente estar viendo la tele con una manta. Eran responsables de la economía del hogar, gestionaban tierras, tomaban decisiones y, en muchos casos, mandaban más que el propio marido. Si el tío se iba de saqueo y no volvía… la casa seguía funcionando. Y funcionando gracias a ellas.

    Y luego está el tema de las “shieldmaidens”, las famosas guerreras. Aquí viene la parte divertida: hay debate. Mucho. Algunos historiadores dicen que eran más mito que realidad, otros que sí existieron pero no eran lo habitual. Pero claro, cuando encuentras tumbas con mujeres enterradas junto a armas, caballos y todo el pack de guerrero vikingo… pues la cosa ya no parece tan cuento.

    Lo interesante de Lagertha no es solo si existió o no exactamente como la pintan. Es lo que representa. Representa que en una sociedad que ya de por sí era dura de cojones, había mujeres que no pedían permiso. Que no esperaban a que alguien les diera un papel. Se lo cogían ellas.

    Y eso, en pleno siglo IX, es bastante más salvaje que cualquier batalla.

    Porque al final, mientras muchos siguen discutiendo si Lagertha fue real o una exageración, hay algo que está claro: la idea de una mujer que decide plantarse, coger un arma y liderar a su gente no salió de la nada.

    Salió de una época en la que, si no te defendías tú, no lo hacía nadie.

    Y ahí, amigo, no había espacio para tonterías.