Si creías que Erik Hacha Sangrienta era lo más peligroso de su casa, espera a conocer a Gunnhild. Porque sí, detrás de ese vikingo con cara de pocos amigos había una mujer que, según las sagas, tenía más mala leche que él… y eso ya es decir.
Gunnhild no era la típica figura decorativa de la época. Nada de quedarse en segundo plano mientras su marido jugaba a ser rey. No. Esta mujer tenía voz, tenía influencia y, según cuentan, tenía bastante mano en las decisiones más chungas de Erik. Vamos, que no era “la mujer de”… era parte del problema.
Las leyendas la pintan como una especie de bruja manipuladora, una tía que movía hilos desde la sombra y que no dudaba en meter mierda donde hiciera falta para asegurar el poder de su familia. ¿Exageración? Puede. ¿Casualidad que tuviera esa fama? Ni de coña. En un mundo donde la violencia era la norma, destacar ya tenía mérito… y ella destacaba.
Se decía que aconsejaba a Erik en sus decisiones más duras, que empujaba hacia la eliminación de rivales y que no le temblaba el pulso cuando había que hacer limpieza. Básicamente, una pareja perfecta: él ejecutaba… y ella afinaba el plan. Un dúo de esos que no quieres tener ni de vecinos.
Lo más interesante de Gunnhild no es si era realmente una bruja o no, sino el hecho de que en un mundo dominado por hombres armados hasta los dientes, ella consiguió hacerse un hueco a base de carácter, inteligencia y, probablemente, bastante mala hostia. Porque para sobrevivir ahí, no bastaba con ser lista… había que ser peligrosa.
Así que no, Erik no estaba solo en su locura. Tenía a su lado a alguien que no solo le seguía el ritmo… sino que probablemente le empujaba a ir aún más lejos. Y eso, en una historia llena de sangre, dice mucho.



