¿Por qué los romanos estaban obsesionados con las orgías, los banquetes y ponerse hasta arriba de vino?

Si hacemos caso a las películas, Roma era una mezcla entre una discoteca de Ibiza, un bufé libre de cinco estrellas y una despedida de soltero que se había ido completamente de madre. Togados por todas partes, vino corriendo como si fuera agua y emperadores organizando fiestas tan absurdas que harían parecer moderada una noche de festival.

La realidad es que la mayoría de los romanos no vivían así ni de coña.

El ciudadano corriente bastante tenía con ganarse el pan, pagar impuestos y evitar que algún recaudador le metiera un sablazo fiscal. Las grandes fiestas eran cosa de los ricos. Y cuando hablamos de ricos romanos, hablamos de gente con cantidades de dinero tan obscenas que literalmente no sabían qué hacer con ellas.

Los banquetes eran una competición permanente para ver quién tenía más pasta y menos vergüenza. No bastaba con invitar a cenar. Había que impresionar. Si tu vecino servía jabalí, tú servías avestruz. Si el otro traía vino de Grecia, tú traías vino de la otra punta del Mediterráneo. Y si nadie vomitaba del exceso de comida al final de la noche, casi parecía que la fiesta había sido una mierda.

Porque sí, algunos romanos se pegaban auténticos atracones legendarios. Comer hasta reventar era una forma de demostrar riqueza. Mientras media humanidad pasaba hambre, ellos presumían de poder permitirse desperdiciar comida como auténticos cabrones privilegiados.

Y luego estaba el vino.

Los romanos bebían vino constantemente. Lo mezclaban con agua, le añadían especias, miel y cualquier cosa que se les ocurriera. Era parte de la vida diaria. El problema llegaba cuando las fiestas avanzaban y el sentido común abandonaba el edificio. Algunos aristócratas convertían los banquetes en auténticos concursos de quién acababa más borracho sin caerse de la tumbona.

Respecto a las famosas orgías, aquí viene la sorpresa.

La mayoría de las historias más salvajes proceden de cronistas que muchas veces odiaban a los emperadores sobre los que escribían. Era algo parecido a lo que hoy sería una campaña de desprestigio en redes sociales, pero escrita en pergamino. Si querías dejar a un gobernante como un auténtico hijo de puta para la posteridad, lo acusabas de perversiones sexuales, locuras y excesos.

Ahora bien, tampoco eran precisamente monjes trapenses.

Algunos emperadores como Calígula, Nerón o Heliogábalo construyeron una fama tan salvaje que todavía hoy siguen apareciendo en cualquier lista de gobernantes completamente idos de la olla. Fiestas interminables, gastos absurdos, caprichos ridículos y una capacidad asombrosa para tomar decisiones de mierda.

Además, para los romanos el sexo estaba muy relacionado con el poder. Lo importante no era tanto el acto en sí, sino quién mandaba, quién dominaba y quién ocupaba la posición social más alta. Todo giraba alrededor del estatus. Roma era una sociedad obsesionada con demostrar quién tenía la polla más grande… metafóricamente hablando. Aunque a veces también literalmente.

Y no olvidemos el famoso «pan y circo». Los gobernantes sabían perfectamente que una población entretenida protesta mucho menos. Carreras, gladiadores, fiestas, celebraciones y toneladas de espectáculo servían para mantener a la gente distraída mientras los políticos hacían sus chanchullos de siempre.

Al final, los excesos romanos tienen una explicación muy sencilla: cuando juntas riqueza descomunal, poder absoluto, aduladores profesionales y cero consecuencias, acabas haciendo auténticas gilipolleces. Algunos se compran un coche deportivo. Los romanos organizaban banquetes para mil invitados, se bebían media bodega del Imperio y se creían dioses.

Y siendo sinceros… viendo algunas cosas que hacen ciertos millonarios modernos, quizá los romanos tampoco eran tan diferentes de nosotros. Solo tenían mejores túnicas y mucho más vino. 🍷🏛️😈