Oda Nobunaga no fue el típico samurái de postal, con cara de estar oliendo incienso, mirando cerezos en flor y pensando en el honor mientras una flauta suena de fondo. No. Nobunaga fue otra cosa. Fue un terremoto con armadura. Un señor que nació en 1534 en la provincia de Owari y acabó convirtiéndose en uno de los grandes nombres de la unificación de Japón, junto a Toyotomi Hideyoshi y Tokugawa Ieyasu. Dicho fácil: cogió un país partido en mil pedazos, lleno de clanes, guerras, traiciones y señores feudales con más ego que sentido común, y decidió que ya estaba bien de tanta verbena sangrienta.

Y lo mejor es que de joven no parecía precisamente el elegido para poner orden. Nobunaga tenía fama de excéntrico, de raro, de ir a su bola. Vamos, que si hubiera existido un grupo de WhatsApp de daimyōs, seguramente lo habrían llamado “el notas de Owari”. No encajaba con la imagen solemne del señor feudal impecable. Pero ahí estaba la gracia: mientras otros jugaban a parecer respetables, él estaba aprendiendo a ganar.

Porque Nobunaga entendió algo que muchos samuráis tardaron demasiado en aceptar: que la guerra no se ganaba solo con poesía, katanas bonitas y discursos sobre el honor. La guerra se ganaba con estrategia, dinero, logística, alianzas, comercio y, sobre todo, armas de fuego. Mientras algunos seguían pensando que el arcabuz era una modernidad fea y poco honorable, Nobunaga lo miró y pensó: “Esto hace agujeros. Me sirve”. Y vaya si le sirvió. Su forma de usar nuevas tácticas y armamento cambió el tablero militar japonés en pleno periodo Sengoku, esa época maravillosa en la que todo el mundo parecía estar intentando apuñalar a todo el mundo con educación exquisita.

Nobunaga no era un romántico del pasado. Era un tipo práctico. Si algo funcionaba, lo usaba. Si alguien se interponía, lo aplastaba. Si una tradición molestaba, la mandaba a tomar por saco. Eso lo hizo peligroso, odiado y fascinante. No era solo un guerrero; era un modernizador con muy mala leche. Impulsó políticas que favorecían el comercio y eliminaban barreras internas, porque entendía que controlar un territorio no era solo poner soldados en una puerta, sino hacer que el dinero circulara y que la maquinaria funcionara. Japón no se unificaba solo con espadazos: también hacía falta caja, caminos y mercado.

Su ascenso fue brutal. Se hizo con Owari, avanzó sobre Mino, se alió con Tokugawa Ieyasu y llegó a Kioto. En 1573 terminó con el shogunato Ashikaga, que llevaba siglos mandando más de nombre que de verdad. Nobunaga no pidió permiso para entrar en la historia. Entró dando una patada en la puerta, tirando el biombo, pisando el tatami con barro y preguntando quién era el siguiente.

Pero claro, cuando alguien sube así, dejando cadáveres políticos y enemigos humillados por el camino, no precisamente reparte cariño. Nobunaga era admirado por unos, temido por muchos y odiado por bastantes. Su fama de cruel no salió de la nada. Era capaz de castigar con una dureza salvaje. Para él, la compasión tenía horario limitado. Si te ponías en medio de su proyecto, lo normal era que acabaras convertido en advertencia histórica.

Y aun así, reducirlo a “bruto con armadura” sería quedarse corto. Nobunaga también entendía el poder simbólico. Castillos, arte, ceremonias, cultura, lujo, control político… No era solo conquistar: era demostrar que mandaba. Y cuando alguien construye poder de verdad, no solo quiere vencerte; quiere que el mundo vea que te ha vencido.

El problema de vivir como un incendio es que siempre hay alguien esperando con un cubo de gasolina. Y a Nobunaga le llegó su final en 1582, en el incidente de Honnō-ji. Estaba en Kioto cuando Akechi Mitsuhide, uno de sus propios generales, se rebeló contra él. La traición, esa vieja amiga de la historia, volvió a hacer su trabajo. Nobunaga quedó atrapado y terminó muriendo el 21 de junio de 1582. No murió viejo, tranquilo, rodeado de nietos y recordando batallitas. Murió como había vivido: en mitad del caos, la violencia y la puñetera ambición.

Pero su muerte no borró su obra. Al contrario. Nobunaga dejó preparado el terreno para que Hideyoshi y después Tokugawa Ieyasu terminaran lo que él había empezado: la unificación de Japón. Fue el primero de los tres grandes unificadores. El que abrió la brecha. El que entendió que el Japón feudal no necesitaba otro señor con abanico, sino un martillo.

Oda Nobunaga fue muchas cosas: estratega, tirano, visionario, modernizador, cabrón con talento y genio militar con una tolerancia bajísima para las tonterías. No fue un héroe limpio. No fue un santo. No fue un personaje cómodo. Fue uno de esos tipos que la historia no puede meter en una cajita bonita porque se sale por los lados, rompe la tapa y encima prende fuego al almacén.

Y por eso sigue fascinando.

Porque Nobunaga no representa al samurái perfecto.

Representa algo mucho más peligroso.

El samurái que entendió que para cambiar la historia no basta con tener honor.

A veces también hace falta pólvora, cabeza fría y muy mala hostia.