Nerón: el emperador que incendió Roma… o la mayor víctima de una campaña de desprestigio

Si preguntas por el emperador más odiado de Roma, el nombre de Nerón aparece casi siempre en primer lugar. Su imagen ha sobrevivido durante casi dos mil años como la de un gobernante completamente loco, un asesino sin escrúpulos y el hombre que contempló cómo Roma ardía mientras tocaba la lira. Pero la historia, como casi siempre, es bastante más cabrona que los titulares.

Nerón nació en el año 37 d. C. con el nombre de Lucio Domicio Ahenobarbo. En principio, sus posibilidades de llegar al trono eran prácticamente nulas. Sin embargo, tenía un arma mucho más poderosa que un ejército: su madre, Agripina la Menor. Inteligente, despiadada y tremendamente ambiciosa, consiguió casarse con el emperador Claudio y convencerlo para que adoptara a su hijo. De la noche a la mañana, aquel adolescente pasó de ser un noble más a convertirse en el heredero del Imperio romano.

Cuando Claudio murió en el año 54, Nerón apenas tenía dieciséis años. Contra todo pronóstico, sus primeros años fueron bastante positivos. Bajo la influencia del filósofo Séneca y del prefecto Burro, redujo algunos impuestos, combatió abusos administrativos y ofreció una imagen de gobernante moderado. Si la historia hubiera terminado ahí, probablemente hoy lo recordaríamos como un emperador competente.

Pero el poder absoluto tiene la fea costumbre de destrozar cabezas. Poco a poco, Nerón empezó a convencerse de que era mucho más que un gobernante. No soñaba con ampliar fronteras ni con pasar a la historia como un gran estratega. Su verdadera obsesión era convertirse en un artista admirado por todos. Cantaba, escribía poesía, actuaba y participaba en carreras de carros. El problema no era su afición por el espectáculo, sino que nadie podía decirle que era mediocre. Miles de personas estaban obligadas a asistir a sus actuaciones y a aplaudir con entusiasmo, aunque estuvieran deseando salir corriendo. Criticar al emperador podía costarte bastante más que una mala reseña.

La relación con su madre tampoco ayudó a estabilizar el Imperio. Agripina seguía intentando influir en las decisiones políticas y Nerón acabó viéndola como una amenaza. La tradición cuenta que primero intentó matarla mediante un barco preparado para hundirse. El plan fue tan ridículo que Agripina consiguió salvarse nadando hasta la orilla. Como aquello salió rematadamente mal, Nerón decidió enviar soldados para acabar con ella. Fue un episodio que consolidó su fama de gobernante despiadado y marcó un antes y un después en su reinado.

A partir de ese momento comenzaron las conspiraciones, las ejecuciones y la desconfianza permanente. Rivales políticos, nobles e incluso personas cercanas al emperador fueron desapareciendo. El miedo empezó a convertirse en una herramienta de gobierno.

Entonces llegó el episodio que lo convertiría en leyenda: el Gran Incendio de Roma del año 64. Durante varios días las llamas destruyeron buena parte de la ciudad. Desde entonces se repite una imagen que todo el mundo conoce: Nerón contemplando el desastre mientras toca la lira. El problema es que esa escena probablemente nunca ocurrió. Varios historiadores antiguos afirman que el emperador ni siquiera estaba en Roma cuando comenzó el incendio y que regresó para organizar ayudas y alojamientos para los damnificados.

¿Por qué entonces se le culpa a él? Porque, tras el incendio, ordenó construir la impresionante Domus Aurea, un palacio gigantesco lleno de oro, jardines y lujos descomunales sobre parte del terreno devastado. Aquello hizo que las sospechas crecieran como la espuma. No había pruebas, pero tampoco ayudaba que el principal beneficiado del desastre fuera el propio emperador.

Además necesitaba encontrar un responsable de la tragedia. Eligió a una pequeña comunidad religiosa que todavía era minoritaria: los cristianos. La persecución que siguió fue brutal y convirtió a muchos de ellos en mártires. Esa decisión terminó de hundir su imagen tanto entre sus contemporáneos como entre los escritores cristianos que relatarían la historia siglos después.

Mientras tanto, las rebeliones empezaban a extenderse por distintas provincias del Imperio. Los generales dejaron de apoyarlo, el Senado lo declaró enemigo público y el hombre que había gobernado el mayor imperio del planeta terminó completamente solo. Acorralado y sin salida, decidió suicidarse en el año 68.

La tradición asegura que, antes de morir, pronunció una frase que resume perfectamente su personalidad: «¡Qué gran artista muere conmigo!». Era el final perfecto para un hombre obsesionado con ser admirado.

¿Fue Nerón un monstruo? Seguramente cometió atrocidades que justifican buena parte de su mala fama. ¿Fue también víctima de la propaganda de sus enemigos? Muy probablemente. La realidad es que nunca sabremos con absoluta certeza quién provocó el incendio de Roma ni cuánto hay de verdad en muchas de las historias que han llegado hasta nosotros.

Lo que sí sabemos es que Nerón consiguió algo que muy pocos gobernantes han logrado: convertirse en un personaje más famoso que su propio imperio. Dos mil años después seguimos hablando de él. Y eso, para alguien que soñaba con ser una estrella, quizá habría sido el mayor de los aplausos.