Cuando pensamos en la caída de la República romana, casi todos señalamos inmediatamente a Julio César. Sin embargo, la realidad es que César no fue quien comenzó a destruir las normas que habían mantenido en pie el sistema político romano durante siglos. Él simplemente aprovechó un camino que otro hombre había abierto varias décadas antes. Ese hombre fue Cayo Mario.
Mario no era un aristócrata ni pertenecía a una de esas familias poderosas cuyos apellidos se repetían generación tras generación en los asientos del Senado. Era lo que los romanos llamaban un homo novus, un «hombre nuevo»: el primero de su familia en alcanzar las magistraturas más importantes del Estado. Para muchos nobles romanos era poco más que un intruso, un campesino ambicioso que se había colado en un mundo que no le correspondía. Para el pueblo, en cambio, era un héroe. Y para la historia acabaría convirtiéndose en una de las figuras más influyentes, contradictorias y decisivas de toda la República romana.
Cayo Mario nació alrededor del año 157 a. C. en Arpino, una pequeña ciudad situada a unos cien kilómetros de Roma. No tenía un apellido famoso, una fortuna descomunal ni una extensa red de aliados políticos que le abriera las puertas del poder. Lo que sí tenía era una extraordinaria habilidad para la guerra, una enorme ambición y una capacidad casi enfermiza para no rendirse jamás. Durante su juventud sirvió bajo las órdenes del prestigioso general Escipión Emiliano durante el asedio de Numancia, en Hispania. Allí aprendió disciplina, estrategia y el funcionamiento interno del ejército romano. También comprendió que, en Roma, una victoria militar podía abrir más puertas que cien discursos pronunciados en el Senado. Aquella experiencia marcaría toda su vida.
Su gran oportunidad llegó durante la guerra contra Yugurta, rey de Numidia. Roma llevaba años empantanada en un conflicto vergonzoso, plagado de corrupción, incompetencia y sobornos. Algunos generales romanos retrasaban deliberadamente las campañas, otros aceptaban dinero del enemigo y la guerra parecía no tener final. Mario prometió acabar con aquella situación y, como haría en otras ocasiones, cumplió. Tras una campaña extremadamente dura, las fuerzas romanas consiguieron derrotar al ejército númida y aislar a Yugurta. Sin embargo, la captura definitiva del rey se produjo gracias a una operación organizada por el cuestor de Mario, un aristócrata llamado Lucio Cornelio Sila. Este negoció con el rey Boco de Mauritania, suegro y aliado de Yugurta, para que traicionara al monarca númida y lo entregara a los romanos.
La operación fue un éxito, pero también sembró una rivalidad que terminaría destruyendo Roma desde dentro. Mario consideraba que la victoria le pertenecía porque él había dirigido la guerra. Sila, por su parte, estaba convencido de que sin su negociación Yugurta jamás habría sido capturado. Ambos hombres comenzaron a discutir sobre quién merecía realmente la gloria. Al principio fue una disputa de egos. Con el tiempo se convirtió en odio. Y aquel odio acabaría provocando guerras, persecuciones, ejecuciones y el derramamiento de sangre romana en las propias calles de Roma.
Mientras Mario celebraba su victoria en África, desde el norte avanzaba una amenaza mucho mayor. Los cimbrios y los teutones no eran simplemente dos ejércitos invasores. Eran pueblos enteros en movimiento, formados por hombres, mujeres y niños que emigraban buscando nuevas tierras donde establecerse. En su camino arrasaron territorios y destruyeron varios ejércitos romanos. La peor derrota tuvo lugar en Arausio, donde decenas de miles de soldados romanos murieron por culpa de la descoordinación y la arrogancia de sus propios comandantes. Roma quedó aterrorizada. Por primera vez en mucho tiempo, la población temió que aquellos pueblos cruzaran los Alpes, invadieran Italia y destruyeran la ciudad.
Ante aquella situación desesperada, el Senado decidió romper algunas de las costumbres políticas más importantes de la República. Roma necesitaba al mejor general disponible y ese hombre era Mario. Por eso fue elegido cónsul una y otra vez, acumulando varios consulados consecutivos y alcanzando finalmente un total de siete. Era algo completamente excepcional y contrario al espíritu de unas instituciones que habían sido diseñadas precisamente para impedir que una sola persona acumulara demasiado poder durante demasiado tiempo. Pero cuando el miedo entra por la puerta, las normas suelen salir por la ventana.
Fue durante aquellos años cuando se produjeron las famosas «reformas de Mario», uno de los asuntos más discutidos de la historia militar romana. Durante siglos se enseñó que Mario revolucionó completamente el ejército: permitió el alistamiento de ciudadanos sin propiedades, profesionalizó las legiones, reorganizó las unidades y creó un nuevo modelo de soldado completamente dependiente de su general. Hoy muchos especialistas consideran que esa explicación es demasiado simple. Probablemente algunas de esas transformaciones ya habían comenzado antes de Mario y otras continuaron desarrollándose durante las décadas posteriores. El ejército romano no cambió de la noche a la mañana por decisión de un solo hombre.
Lo que sí parece indiscutible es que Mario mejoró el entrenamiento, endureció la disciplina y convirtió sus legiones en una fuerza mucho más rápida, resistente y eficaz. Sus soldados debían transportar personalmente buena parte de su equipo, sus provisiones y sus herramientas, reduciendo así la enorme cantidad de carros y animales que acompañaban tradicionalmente a los ejércitos. Como consecuencia, podían desplazarse con mayor velocidad y depender menos de largas caravanas de suministros. Aquellos legionarios cargados como animales recibieron un apodo inolvidable: las mulas de Mario.
La preparación dio resultado. En el año 102 a. C., Mario derrotó a los teutones en la batalla de Aquae Sextiae, en el sur de la Galia. Al año siguiente, junto a Quinto Lutacio Cátulo, aplastó a los cimbrios en Vercelas. Las victorias fueron brutales y decisivas. La amenaza desapareció y Roma respiró aliviada. Durante décadas, ningún enemigo volvería a poner en peligro la propia Italia de aquella manera. Mario fue recibido como el salvador de Roma, el hombre que había evitado una catástrofe y protegido a la República cuando sus políticos y sus generales parecían incapaces de hacerlo.
Pero el poder cambia a las personas y, sobre todo, cambia las reglas. Mario había demostrado que un general victorioso podía convertirse en una figura prácticamente intocable. Sus soldados confiaban en él, el pueblo lo admiraba y los políticos necesitaban su prestigio. Mientras tanto, Lucio Cornelio Sila también continuaba ascendiendo. Ambos eran brillantes, ambiciosos y estaban completamente convencidos de que el otro les había robado la gloria que merecían. La rivalidad entre ambos fue creciendo hasta que Roma dejó de ser lo suficientemente grande para contenerlos.
El enfrentamiento definitivo comenzó cuando surgió la guerra contra Mitrídates VI, rey del Ponto, uno de los enemigos más peligrosos a los que Roma se había enfrentado en Oriente. El Senado concedió el mando de la campaña a Sila, que en aquel momento ocupaba el consulado. Mario, ya anciano pero todavía consumido por la ambición, maniobró políticamente para arrebatárselo. Gracias al apoyo del tribuno Publio Sulpicio Rufo logró que una asamblea popular transfiriera el mando de la guerra a sus manos.
Entonces ocurrió algo que hasta ese momento habría parecido completamente impensable. Sila se encontraba con sus legiones preparándose para marchar hacia Oriente. Cuando recibió la noticia de que Mario le había arrebatado el mando, convenció a sus soldados para que lo acompañaran hasta Roma. Las tropas cruzaron armadas el límite sagrado de la ciudad y avanzaron contra otros ciudadanos romanos. Era la primera vez que un general utilizaba abiertamente sus legiones para conquistar Roma y obligar a sus adversarios políticos a obedecerle.
Aquel día la República rompió una de sus normas fundamentales. El ejército ya no era solamente una herramienta del Estado destinada a combatir enemigos extranjeros. También podía convertirse en el arma personal de un general ambicioso. Sila ocupó Roma, anuló las decisiones de sus adversarios y obligó a Mario a huir. El viejo héroe escapó de Italia en circunstancias humillantes, perseguido por sus enemigos y obligado a esconderse para salvar la vida. Muchos pensaron que su carrera había terminado. Se equivocaban.
Cuando Sila marchó finalmente hacia Oriente para luchar contra Mitrídates, Mario regresó. Se alió con Lucio Cornelio Cinna, reunió tropas y volvió a entrar en Roma. Lo que siguió fue una violenta campaña de venganza. Hubo ejecuciones, persecuciones y asesinatos políticos. Los enemigos de Mario fueron buscados por las calles, sacados de sus casas y eliminados. Algunas cabezas terminaron expuestas públicamente como advertencia. Las diferencias políticas dejaron de resolverse mediante discursos, votaciones o negociaciones. A partir de aquel momento también podían resolverse con espadas.
Mario alcanzó por séptima vez el consulado en el año 86 a. C., aunque apenas pudo disfrutar de su regreso al poder. Murió pocos días después, posiblemente enfermo y completamente consumido por décadas de guerra, ambición y resentimiento. Nunca vio el regreso de Sila, las terribles proscripciones que este organizaría contra sus enemigos ni la dictadura que impondría en Roma. Tampoco vio el ascenso de Julio César, la rivalidad entre César y Pompeyo, el cruce del Rubicón ni el nacimiento del Imperio.
Sin embargo, todos aquellos acontecimientos fueron posibles, al menos en parte, porque Mario y Sila demostraron que un general respaldado por sus soldados podía imponerse a las instituciones de la República. Durante siglos, las legiones habían luchado para defender Roma. A partir de ellos, también podían utilizarse para gobernarla. Los soldados comenzaron a depender cada vez más de sus comandantes para obtener botines, tierras y recompensas después del servicio. Y cuando la lealtad de un ejército pertenece más al general que al Estado, la política deja de decidirse en los tribunales y en el Senado.
Mario salvó Roma de sus enemigos exteriores, derrotó a Yugurta, destruyó a los cimbrios y a los teutones y se convirtió en uno de los generales más importantes de su tiempo. Pero también contribuyó a crear una nueva forma de ejercer el poder. Una forma basada en el prestigio militar, la lealtad personal de los soldados y la violencia política.
Hasta entonces, las legiones defendían la República.
A partir de Mario y Sila, también podían dominarla.




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