Cuando pensamos en los peores emperadores de Roma, el nombre de Tiberio suele aparecer enseguida. Orgías en Capri, conspiraciones, paranoia y un carácter insoportable forman parte de la imagen que ha llegado hasta nuestros días. Sin embargo, cuanto más profundizas en su historia, más te das cuenta de que probablemente fue uno de los gobernantes más incomprendidos de todo el Imperio romano.
Tiberio nació en el año 42 antes de Cristo, en plena guerra civil. Su padre había luchado contra Octavio, el futuro Augusto, pero el destino dio un giro inesperado cuando su madre, Livia Drusila, terminó casándose con él. De la noche a la mañana, aquel niño pasó de pertenecer al bando derrotado a criarse en la familia más poderosa del mundo. Aun así, Augusto nunca lo consideró su heredero ideal. Durante años preparó a otros miembros de la familia para sucederle, pero el destino fue eliminándolos uno tras otro. Al final, más que una elección, Tiberio fue la única opción que quedaba.
Si había algo que nadie discutía era su talento militar. Mientras muchos aristócratas buscaban prestigio en el Senado, él lo conseguía en el campo de batalla. Dirigió campañas en Germania, Panonia, Iliria y Armenia, consolidando algunas de las fronteras más complicadas del Imperio. Era un comandante disciplinado, prudente y eficaz. No necesitaba grandes discursos para ganarse el respeto de sus soldados; le bastaba con ganar.
Su vida privada, en cambio, fue un auténtico desastre. Estaba casado con Vipsania, una mujer a la que las fuentes describen como el gran amor de su vida. Pero Augusto decidió que aquel matrimonio no le convenía políticamente y lo obligó a divorciarse para casarlo con su hija Julia. La relación fue un fracaso absoluto y cuentan los cronistas que, años después, cuando Tiberio volvió a cruzarse con Vipsania por las calles de Roma, rompió a llorar. Puede parecer un detalle menor, pero en una sociedad donde mostrar emociones se consideraba casi una debilidad, dice mucho del golpe que recibió.
Cuando Augusto murió en el año 14 después de Cristo, Tiberio heredó el Imperio más poderoso del mundo. Y aquí llega la gran contradicción. Gobernó sorprendentemente bien. Controló el gasto público, saneó las finanzas, persiguió la corrupción, evitó guerras innecesarias y mantuvo unas fronteras estables. No buscaba aplausos ni grandes espectáculos. Simplemente hacía su trabajo. El problema es que los buenos administradores suelen pasar desapercibidos, mientras que los escándalos permanecen durante siglos.
La situación comenzó a complicarse con la muerte de Germánico, el general más querido por el pueblo romano. Joven, carismático y victorioso, muchos lo veían como el auténtico heredero del Imperio. Cuando falleció de forma repentina en Oriente, los rumores empezaron a señalar a Tiberio. Nunca aparecieron pruebas que demostraran su implicación, pero eso importó bastante poco. Roma ya funcionaba entonces como funcionan hoy las redes sociales: una acusación repetida suficientes veces acaba pareciendo una verdad.
Como si aquello no fuera suficiente, apareció Sejano. Prefecto de la Guardia Pretoriana y hombre de máxima confianza del emperador, fue acumulando poder mientras eliminaba rivales y preparaba el terreno para controlar Roma. Tiberio tardó en descubrir la conspiración, pero cuando lo hizo actuó con una frialdad impresionante. No regresó con un ejército ni provocó una guerra civil. Envió una carta al Senado. En pocas horas, Sejano pasó de ser el segundo hombre más poderoso del Imperio a acabar ejecutado. En Roma, la gloria y la muerte solían separarse por muy poco.
Cansado de las conspiraciones, de las intrigas y de una clase política que parecía vivir permanentemente afilando cuchillos, Tiberio decidió instalarse en Capri. Fue entonces cuando comenzó la leyenda que ha llegado hasta nuestros días. Orgías, excesos, perversiones y todo tipo de historias escabrosas empezaron a circular sobre el emperador. El problema es que casi todas proceden de autores que escribieron años después de su muerte y que, además, no simpatizaban precisamente con él. Eso no significa que todo fuera mentira, pero tampoco permite asegurar que fuera verdad. Y esa diferencia es importante, aunque muchas veces resulte menos entretenida que el salseo.
Tiberio murió en el año 37 dejando un Imperio rico, estable y perfectamente administrado. Sin embargo, casi nadie lo recuerda por eso. La mayoría solo recuerda Capri, los rumores y su fama de viejo paranoico. Quizá porque la historia no siempre premia a quien gobierna mejor. A veces premia al que tiene mejores propagandistas… o a los cronistas más cabrones.
Así que la próxima vez que alguien te diga que Tiberio fue el emperador más depravado de Roma, hazle una pregunta muy sencilla: ¿eso está demostrado… o simplemente llevamos dos mil años repitiendo el mismo puto cotilleo?




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