Cuando alguien hace una locura solemos decir que “está como Calígula”. Pocos personajes históricos han conseguido que su nombre se convierta en sinónimo de descontrol, locura y abuso de poder. Pero la gran pregunta es: ¿fue realmente el monstruo que nos han contado o la historia ha exagerado bastante?
Calígula, cuyo nombre real era Cayo Julio César Germánico, nació en el año 12 d. C. Era hijo de Germánico, uno de los generales más queridos de Roma. De niño recorría los campamentos militares vestido con una diminuta armadura romana. Los soldados, encantados con aquel crío, comenzaron a llamarlo “Calígula”, que significa “botitas”, por las pequeñas caligae que llevaba puestas. El apodo le acompañaría toda la vida.
Cuando murió el emperador Tiberio, Roma recibió a Calígula como si fuera una estrella del rock. Joven, carismático y perteneciente a la familia de Augusto, parecía el gobernante perfecto para devolver la ilusión al Imperio. Durante los primeros meses todo marchó sorprendentemente bien: concedió amnistías, organizó espectáculos, redujo algunos impuestos y se ganó el cariño del pueblo.
Pero pocos meses después enfermó gravemente. Nadie sabe con certeza qué ocurrió. Algunas teorías hablan de una encefalitis, otras de epilepsia, intoxicaciones o algún trastorno mental. Lo único seguro es que, tras recuperarse, su comportamiento cambió de forma radical.
Comenzó a comportarse como si no existiera nadie por encima de él. Exigía honores divinos, aparecía vestido como diferentes dioses y obligaba a los senadores a humillarse públicamente. El mensaje era claro: ya no gobernaba un emperador, gobernaba alguien que se creía superior incluso a los propios dioses.
Entre todas las historias relacionadas con Calígula, ninguna ha sobrevivido mejor que la de su caballo, Incitatus. Las fuentes antiguas aseguran que vivía en un establo de mármol, comía en un pesebre de marfil y tenía criados personales. Incluso afirman que Calígula pensó en convertirlo en cónsul. Muchos historiadores modernos creen que probablemente nunca tuvo intención real de hacerlo y que aquello era una burla dirigida al Senado: si un caballo podía ocupar vuestro cargo, vuestra opinión vale exactamente lo mismo.
Sus extravagancias tampoco ayudaban. Mandó construir un gigantesco puente flotante sobre el mar únicamente para cruzarlo vestido como Alejandro Magno. Organizaba banquetes descomunales mientras el dinero público desaparecía a un ritmo alarmante y disfrutaba humillando a la aristocracia delante de toda Roma.
Sin embargo, hay que tener cuidado con las historias sobre Calígula. Gran parte de lo que sabemos procede de autores como Suetonio, Dion Casio o Séneca, que escribieron años después de su muerte y pertenecían precisamente a las élites que más sufrieron sus humillaciones. Eso no significa que mintieran, pero sí que pudieron exagerar algunos episodios para convertirlo en el ejemplo perfecto del mal gobernante.
Lo que sí parece indiscutible es que terminó aislado. El miedo sustituyó al respeto y la desconfianza se instaló incluso entre sus hombres más cercanos. En el año 41 d. C., un grupo de miembros de la Guardia Pretoriana organizó una conspiración y lo asesinó dentro del propio palacio imperial. Tenía apenas 28 años y había gobernado menos de cuatro.
Su muerte demostró una verdad que la historia repite constantemente: gobernar mediante el terror puede funcionar durante un tiempo, pero nunca para siempre. Cuando todos te temen, nadie está dispuesto a defenderte el día que más lo necesitas.
Quizá Calígula fue un tirano despiadado. Quizá parte de su leyenda fue construida por sus enemigos. Probablemente hubo un poco de ambas cosas. Pero hay algo que nadie puede discutir: casi dos mil años después seguimos pronunciando su nombre como sinónimo de poder descontrolado, ego sin límites y locura imperial.
Y muy pocos emperadores pueden presumir de haber dejado una huella tan enorme… aunque fuera por las peores razones.




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