Antes de convertirse en uno de los hombres más temidos de Japón, Oda Nobunaga era conocido como “el gran tonto de Owari”. Y no precisamente con cariño.
De joven iba vestido de manera extravagante, se comportaba como un salvaje y parecía disfrutar tocándole los cojones a toda la nobleza samurái de su alrededor. Mientras otros herederos mantenían una imagen seria y disciplinada, Nobunaga aparecía haciendo el loco, mezclándose con gente humilde y comportándose como alguien que no encajaba ni de coña en el rígido Japón feudal.
Muchos pensaban que estaba acabado antes incluso de empezar.
Error.
Porque detrás de aquella imagen de desequilibrado había un tipo con una ambición completamente enfermiza. Mientras sus enemigos lo subestimaban, él observaba cómo funcionaba el poder y empezaba a construir una máquina de guerra capaz de devorar provincias enteras.
Lo mejor de todo es que nunca intentó parecer un héroe honorable. Nobunaga no buscaba caer bien. Buscaba ganar.
Y cuando empezó a ganar, Japón entero entró en pánico.
Sus campañas militares eran rápidas, brutales y despiadadas. Si una ciudad se resistía demasiado, podía acabar reducida a cenizas. Si un monasterio acumulaba demasiado poder, lo destruía. Si un rival se interponía en su camino, desaparecía.
La imagen romántica del samurái noble queda muy bonita en películas y videojuegos, pero Nobunaga funcionaba más como un tiburón político con katana.
Y aun así, tenía algo hipnótico.
Porque el tío era tan diferente al resto que parecía un personaje llegado del futuro. Introdujo nuevas formas de hacer la guerra, apoyó el comercio, permitió relaciones con extranjeros y entendió que Japón estaba cambiando aunque muchos todavía vivieran atrapados en el pasado.
Claro que tanto caos y tanta sangre tenían que acabar explotando por algún lado.
En 1582, uno de sus propios generales lo traicionó y Nobunaga quedó atrapado en el templo de Honnō-ji. Allí, rodeado por enemigos y sin escapatoria, terminó suicidándose antes de ser capturado.
El “idiota” de Owari había pasado de ser la vergüenza de su clan a convertirse en el hombre que cambió Japón a fuego y espada.
Y sinceramente, cuesta encontrar una forma más canalla de entrar en la historia.



