El ocio de los samuráis: cuando no estaban cortando cabezas también sabían pasarlo bien

La imagen típica del samurái moderno es la de un señor serio, silencioso y amargado mirando una montaña mientras reflexiona sobre el honor, la muerte y seguramente alguna frase profunda que hoy iría perfecta en una taza de Instagram. Pero resulta que aquellos tipos también tenían ratos libres. Y sí, los aprovechaban bastante mejor que muchos de nosotros viendo vídeos de gente limpiando alfombras en TikTok durante dos horas.

Porque los samuráis no vivían permanentemente encima de un caballo repartiendo katana a diestro y siniestro. También bebían, jugaban, escribían poesía, iban de fiesta y se metían en líos bastante menos honorables de lo que cuentan las películas.

Uno de sus entretenimientos favoritos era el teatro. Especialmente el teatro Nō, que básicamente consistía en actores moviéndose lentamente con máscaras inquietantes mientras todo el público fingía entender simbolismos profundísimos. El equivalente feudal a decir “buah, esta película iraní en blanco y negro te cambia la vida” aunque en realidad llevas una hora pensando en la cena.

También eran muy fans de la ceremonia del té. Y aquí es donde uno imagina tranquilidad, espiritualidad y armonía… hasta que recuerdas que muchos de los asistentes llevaban espadas capaces de partirte en dos por colocar mal una taza. Aquello era relajante, sí, pero con un nivel de tensión ambiental parecido al de una cena de empresa donde todos se odian.

Los samuráis cultivaban mucho la poesía. No es broma. Tipos capaces de destriparte en combate luego escribían versos sobre la luna, las flores o el sonido del viento entre los bambús. Japón decidió mezclar violencia extrema y sensibilidad artística como si fuese lo más normal del mundo. Un señor podía cortarte la cabeza por la mañana y por la tarde escribir un haiku precioso sobre una libélula apoyada en una piedra.

Y luego estaba el alcohol. Porque evidentemente había alcohol. Mucho sake y muchas reuniones donde el honor empezaba muy recto y terminaba bastante torcido. Los samuráis bebían, cantaban y socializaban como cualquier grupo de colegas con demasiado tiempo libre y acceso a bebida fuerte. La diferencia es que las discusiones podían acabar con un duelo y no simplemente con uno abandonando el grupo de WhatsApp.

También practicaban juegos de estrategia. El Go era uno de los favoritos. Un juego elegante, complejo y silencioso que requería paciencia y concentración. O sea, exactamente lo contrario a cualquier partida online moderna donde alguien amenaza con acostarse con tu madre a los siete segundos.

La caza era otra actividad habitual. Y no precisamente en plan dominguero con bocadillo y neverita. Los samuráis cazaban para entrenar, demostrar habilidad y sentirse importantes galopando por el bosque mientras algún ciervo descubría demasiado tarde que había nacido en el sitio equivocado.

Y sí, también existían los barrios de placer. Porque el Japón feudal tenía mucha filosofía zen pero también bastantes ganas de fiesta. Algunos samuráis frecuentaban casas de geishas, locales de entretenimiento y zonas donde el honor quedaba aparcado junto a la puerta. Allí había música, bebida, conversación y bastante menos meditación de la que cuentan los libros de historia elegantes.

Lo mejor de todo es que muchos intentaban mantener una imagen de disciplina absoluta mientras por dentro eran exactamente igual de caóticos que cualquier humano normal. Porque da igual cuántos códigos de honor inventes: cuando juntas poder, dinero, alcohol y egos gigantescos, siempre acaba apareciendo el mismo circo.

Y aun así… hay algo fascinante en aquel mundo. Los samuráis entendían el ocio de una manera muy distinta a la nuestra. No era solo distraerse. Era cultivar la mente, el cuerpo y el prestigio social al mismo tiempo. Todo tenía una especie de ritual. Incluso emborracharse probablemente se hacía con más elegancia que un botellón moderno al lado de un kebab.

Eso sí, tampoco conviene romantizar demasiado. Porque detrás de tanta poesía, tanto incienso y tanta ceremonia bonita seguía habiendo un sistema feudal donde un señor con espada podía decidir tu destino por mirarle mal.

Muy refinados, sí.

Pero seguían siendo señores peligrosos con mucho tiempo libre.

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