Los samuráis iban a la guerra con los dientes negros y les parecía sexy

Hubo una época en Japón en la que un samurái podía entrar en una batalla cubierto de sangre, con una katana recién afilada… y una sonrisa más negra que el alma de un recaudador de Hacienda. Y no, no era por falta de dentista. Se llamaba ohaguro, y durante siglos fue símbolo de belleza, poder, elegancia y estatus social.

Sí, has leído bien. Mientras en media Europa la peña intentaba no morirse por una infección en una muela, en Japón había nobles y guerreros tiñéndose los dientes de negro voluntariamente como quien hoy se pone carillas de porcelana en Instagram.

El ohaguro consistía en aplicar una mezcla hecha con hierro oxidado, vinagre y otros ingredientes que creaban una capa negra brillante sobre los dientes. El resultado era inquietante de cojones. Imagínate a un samurái serio, con armadura ceremonial, mirada asesina y una sonrisa que parecía la entrada de una mina abandonada.

Lo más curioso es que aquello no se veía feo. Al contrario. Era refinado. Elegante. Distinguido. Las mujeres de familias nobles lo utilizaban muchísimo, pero también los samuráis y miembros de la aristocracia. De hecho, durante ciertas épocas, llevar los dientes blancos era casi cosa de campesinos o de gente sin categoría.

El asunto tenía también una parte práctica. La mezcla ayudaba a proteger los dientes contra la caries y el desgaste. O sea, que mientras daban aspecto de demonio feudal, encima cuidaban el esmalte mejor que algunos influencers modernos con cepillo eléctrico de 300 euros.

Y claro, ahora imagina la escena real. Noche cerrada. Antorchas iluminando un campamento japonés. Un guerrero enorme se acerca lentamente, aparta la máscara del casco… y enseña una sonrisa negra brillante mientras te mira fijamente. Aquello debía acojonar bastante más que cualquier payaso de película de terror.

Lo mejor de todo es que el ohaguro no era una rareza marginal. Estuvo de moda durante siglos. No hablamos de cuatro locos excéntricos. Era una costumbre completamente integrada en la sociedad japonesa tradicional. Incluso había rituales relacionados con ello y formas distintas de aplicarlo según la clase social o el momento histórico.

Con la llegada de la modernización japonesa en el siglo XIX, la práctica empezó a desaparecer. Japón quería parecerse más a Occidente y aquello de ir con la boca negra dejó de venderse demasiado bien como símbolo de sofisticación. Una pena, porque admitámoslo: entre un político moderno sonriendo con blanqueamiento dental y un samurái con sonrisa negra de psicópata medieval… el segundo tenía bastante más personalidad.

Porque la historia real nunca fue limpia, elegante ni políticamente correcta. Era una jungla llena de tipos peligrosos haciendo cosas rarísimas. Y por eso nos encanta tanto.