Cuando uno piensa en un samurái, imagina un tío serio como una multa de Hacienda, con armadura brillante, katana afilada y mirada de haber matado ya a diecisiete personas antes de desayunar. Lo que no imagina nadie es que algunos de esos guerreros legendarios iban por ahí con un puto abanico en la mano. Y no precisamente para hacerse aire mientras comían sushi.
Porque sí, los samuráis usaban abanicos de guerra. Se llamaban gunsen o tessen y, aunque parezcan un complemento de señora indignada esperando el autobús, algunos estaban reforzados con hierro y podían partirte la cara con bastante eficacia. Japón decidió en algún momento de su historia que la mejor idea militar posible era entrenar a hombres capaces de decapitarte… usando algo que parece comprado en una tienda de recuerdos.
Lo más absurdo es que existía un arte marcial específico para eso: el tessenjutsu. O sea, combate con abanico. No es una broma. Había gente dedicando años de su vida a perfeccionar técnicas de guerra mientras agitaban un abanico como si estuvieran criticando el calor en una terraza de Benidorm.
Y ojo, porque el abanico tenía ventajas tácticas. Algunos señores feudales prohibían entrar armado en ciertos lugares, así que los samuráis aparecían “desarmados”… llevando un abanico metálico capaz de romper huesos. El equivalente histórico a decir: “No tranquilo, no llevo armas”, mientras escondes una barra de hierro dentro de un paraguas.
La escena tenía que ser maravillosa. Un enemigo preparándose para un duelo épico, esperando una katana legendaria… y viendo cómo el otro cabrón le sacaba un abanico del cinturón con toda la tranquilidad del mundo. Imagina la humillación de acabar derrotado por alguien que parece dispuesto a pedir una sangría y unas bravas.
Y aun así funcionaba. Porque el samurái medio estaba tan absurdamente entrenado que probablemente podía matarte con una cuchara, una sandalia o una puta berenjena si se lo proponía. El abanico era simplemente otra herramienta más para repartir desgracias con elegancia japonesa.
La historia está llena de momentos así. Nosotros romantizamos a los samuráis como si fueran filósofos perfectos caídos del cielo, pero muchos eran básicamente nobles violentos con mucho tiempo libre y unas ideas muy raras sobre el honor. Y entre todas esas ideas apareció una disciplina marcial donde un hombre podía entrar en combate pareciendo la dueña de una mercería enfadada por el precio del hilo.
Y sinceramente, eso hace que los samuráis molen todavía más.



