Si Marco Licinio Craso viviera hoy, probablemente sería uno de esos tipos que aparecen en internet rodeados de coches deportivos explicándote cómo hacerte millonario antes de los treinta. Tendría inversiones en media docena de empresas tecnológicas, una colección absurda de propiedades y algún libro con un título ridículo tipo «Piensa como un romano, gana como un emperador». El problema es que Craso no vivió hoy. Vivió en Roma. Y en Roma había algo más valioso que el dinero: la gloria.
Y eso era precisamente lo que le faltaba.
Porque dinero tenía para aburrir. Su fortuna era tan enorme que incluso para los estándares de una aristocracia acostumbrada al lujo resultaba escandalosa. Compraba propiedades, aprovechaba crisis, financiaba políticos y acumulaba riqueza a una velocidad que habría hecho llorar de emoción a cualquier asesor financiero moderno. Sin embargo, por mucho oro que acumulara, siempre había una espinita clavada en su orgullo.
Julio César era admirado.
Pompeyo era admirado.
Y él era simplemente rico.
Cuando estalló la rebelión de Espartaco creyó que por fin había llegado su oportunidad. La situación era caótica. Roma estaba quedando en ridículo frente a un ejército de esclavos rebeldes y la reputación militar de la República estaba por los suelos. Craso tomó el mando y consiguió lo que otros no habían logrado. Restauró la disciplina, reorganizó las tropas y acabó derrotando a Espartaco. Fue una victoria enorme y, sobre el papel, debía convertirlo en un héroe nacional.
Pero la historia tenía ganas de reírse un poco de él.
Pompeyo apareció al final del conflicto y se llevó una parte importante del reconocimiento. Para cualquier persona normal aquello habría sido una molestia. Para Craso fue una obsesión. Se convenció de que necesitaba una gran conquista personal. Algo tan espectacular que nadie pudiera volver a compararlo con César o Pompeyo.
Y ahí empezó a cavar su propia tumba.
La víctima elegida fue Partia, uno de los imperios más poderosos de Oriente. Sobre el mapa parecía una campaña sencilla. Sobre el terreno resultó ser una pesadilla. Los partos dominaban la guerra móvil, utilizaban arqueros a caballo extraordinariamente eficaces y conocían perfectamente el terreno. Los romanos, en cambio, avanzaban por zonas que apenas entendían guiados por un hombre cuya ambición era bastante mayor que su capacidad estratégica.
La batalla de Carras fue una catástrofe absoluta. Las flechas caían constantemente sobre las legiones, los soldados no podían responder con eficacia y la situación empeoraba minuto a minuto. La muerte de Publio Craso, el hijo del general, terminó de destrozar la moral romana. Lo que había empezado como una campaña para conseguir gloria acabó convertido en una de las mayores humillaciones militares de toda la historia de Roma.
Lo más irónico de todo es que Marco Licinio Craso pasó gran parte de su vida intentando que el mundo lo recordara como un conquistador legendario. Dos mil años después sigue siendo famoso, sí. Pero no por lo que él quería. Hoy es recordado principalmente como el hombre más rico de Roma y como el protagonista de una de las meteduras de pata más espectaculares de la Antigüedad.
La historia, cuando quiere ser cruel, tiene un talento especial.



